lunes, 10 de noviembre de 2014

Playlist: Repaso uso de la tilde


Acentuación


Clase de ESPAÑOL 9                         
I.N. Villanueva Rivera, maestra

Acentuación

Material actualizado de acuerdo con la Ortografía de la RAE 2010 por la Prof. Mariana Cuñarro

 

Acentuación

Reglas generales


Palabras agudas: son aquellas que llevan acento prosódico[1] en la última sílaba. Llevan tilde las palabras agudas terminadas en –n, -s o vocal. Ejemplos: melón, además, arregló, papá.

* Sin embargo, no llevan tilde las palabras agudas terminadas en –s precedidas por otra consonante. Ejemplo: robots.

* Tampoco llevan tilde las palabras agudas terminadas en –y. Ejemplo: virrey.

           

Palabras llanas (graves): son aquellas que llevan acento prosódico en la penúltima sílaba. Llevan tilde las palabras graves que no terminan en –n, -s o vocal. Ejemplos: álbum, mártir.

* Sin embargo, llevan tilde las palabras graves que terminan en –s precedida de otra consonante. Ejemplo: bíceps.

* También se escriben con tilde palabras graves terminadas en –y. Ejemplo: yérsey.

 

Palabras esdrújulas: son aquellas que llevan acento prosódico en la antepenúltima sílaba. Siempre llevan tilde en la sílaba tónica. Ejemplos: regímenes, ortográfico.

 

Palabras sobresdrújulas: llevan acento prosódico en la sílaba anterior a la antepenúltima sílaba. Siempre llevan tilde en la sílaba tónica. Ejemplo: dígamelo.

 

Diptongos y triptongos

Cuando la sílaba tónica contiene un diptongo[2], se siguen las reglas generales de acentuación. En cuanto a la tilde, esta se coloca sobre la vocal abierta (a, e, o) o sobre la última, si las dos vocales del diptongo son cerradas (i, u). Ejemplos: solución, cambié, interviú, huésped, murciélago.

Cuando la sílaba tónica contiene un triptongo[3], se cumplen también las mismas reglas y la tilde se coloca sobre la vocal abierta. Ejemplos: estudiáis, averigüéis.

 

Reglas especiales

Hiatos

Un hiato es la secuencia de dos vocales que no se pronuncian dentro de la misma sílaba. A los efectos ortográficos, existen tres clases de hiatos según el tipo de vocales que entran en contacto:

a)      combinación de dos vocales iguales. Ejemplo: cooperativa, proveer.

b)      combinación de dos vocales abiertas distintas. Ejemplos: poeta, teatro.

c)      combinación de vocal abierta + vocal cerrada tónica o viceversa. Ejemplos: caída, acentúa.

* Las palabras que contienen el tipo de hiatos caracterizados en a) y b), siguen las reglas generales de acentuación. Ejemplos: aguda: león; grave: aldea y esdrújula: caótico.

* Las palabras que contienen el tipo de hiato caracterizado en c) llevan siempre tilde. Ejemplos: agudas: país; grave: día y esdrújula: vehículo. Lo mismo sucede en el caso de la presencia de dos vocales abiertas y un cerrada: si la cerrada está acentuada no se produce el triptongo. Ejemplos: traía, leían.

Grupos –ui y –iu

Estos dos grupos de vocales son considerados diptongos aun cuando se los pueda articular como hiatos. Ejemplos: viudo, destruir.

* Sin embargo, si lo exigen las reglas de acentuación, pueden llevar tilde sobre la segunda vocal. Ejemplo: jesuítico.

 
.................................................................o.....................................................................
Monosílabos (9-4)

Los monosílabos (palabras que tienen una sola sílaba) por regla general no llevan tilde. Ejemplos: luz, fe, vi.

* Sin embargo, cuando dos o más monosílabos son iguales en cuanto a la forma, pero desempeñan distinta función gramatical y, además, hay entre ellas formas átonas y tónicas, estas últimas llevan tilde diacrítica. Ejemplos:

 

(pronombre personal) ¿Tienes algo para?

mi (adjetivo posesivo; nota musical) Te invito a cenar a mi casa. El mi sonó desafinado.

(pronombre personal) siempre hablas poco.

tu (adjetivo posesivo) ¿Dónde está tu auto?

(sustantivo: planta, infusión) Tomá una taza de.

te (pronombre personal; sustantivo) Te traje el libro. La te es una consonante.

él (pronombre personal) Me lo dio él.

el (artículo) El niño está contento.

(presente verbo saber; imperativo verbo ser) Yo no nada. bueno con María.

se (pronombre personal) Se durmió profundamente.

(imperativo verbo dar) las gracias.

de (preposición; sustantivo) Una mesa de madera. La de es una consonante.

más (adverbio; sustantivo) Corre más rápido. El más y el menos. 

mas (conector adversativo) Quiso convencerlo, mas no pudo.

(adverbio, pronombre reflexivo, sustantivo) quiero.     Solo habla de mismo. Tardó varios días en dar el al proyecto.

si (conjunción; nota musical) Si llueve no voy. Una obra en si bemol

* Los monosílabos iguales y de diferente significado no se distinguen por presencia / ausencia de acento diacrítico si ambos son tónicos. Ejemplo: fue (verbos ir y ser).

* Según la Ortografía de la lengua española (2010), no se colocará tilde diacrítica en el conector disyuntivo o cuando este entre cifras. Ejemplo: Colocar 3 o 4 cucharadas de azúcar.

 

Los demostrativos

En el caso de los pronombres demostrativos (este, ese, aquel y sus variantes femeninos y plurales) la Ortografía… (2010) señala que “a partir de ahora se podrá prescindir de la tilde en estas formas incluso en lo casos de doble interpretación” (p. 269).

Ejemplos:

Los cuadros de ese museo son impresionantes. (Determinante)

Mi casa es esta. (Pronombre)

* Las formas neutras esto, eso, aquello tampoco llevan tilde. Ejemplo: Esto no me gusta nada.

 

Adverbio solo

La palabra solo puede funcionar como adjetivo o como adverbio. Ejemplos:

A Juan le gusta estar solo. (adjetivo)

Solo comeremos fruta. (adverbio = solamente)

Para este caso, la Real Academia Española aplica el mismo criterio que para el caso de los demostrativos: por más que estemos ante un caso de ambigüedad no será necesario colocar tilde diacrítica para desambiguar significado puesto que se trata de variantes de formas tónicas. (Cfr. Otro caso de interpretación ambigua: Pedro viaja seguro. = Con seguridad digo que Pedro viaja, o bien Pedro viaja sin peligro).

 

 

 

Aun / aún

Aún se escribe con tilde cuando es adverbio de tiempo y puede reemplazarse por todavía. Ejemplo: Aún es joven.

Aun se escribe sin tilde cuando equivale a hasta, incluso o forma parte de conjunciones concesivas aun cuando. Ejemplos:

Todos los socios, aun los más conservadores, votaron a favor.

Aun cuando lo pidiera, no le harían caso.

 

Pronombres interrogativos y exclamativos

Los pronombres interrogativos y exclamativos qué, quién, dónde, cuándo, cómo, cuánto, cuál llevan tilde. Ejemplos: ¡Qué hermoso!, ¿Quién vino?

* También se escriben con tilde cuando introducen oraciones exclamativas e interrogativas indirectas. Ejemplos: No sé quién vino, No sabía cuál era el suyo, Mirá qué fácil, Hay que ver cuánto costó.

* Estas formas no llevan tilde cuando están en oraciones interrogativas o exclamativas, pero que se comportan como conjunciones o pronombres relativos. Ejemplos: ¿Será Juan quien vino?, ¡Irás cuando te lo pidan!, ¿Habrá pensado que llegaba a tiempo?

 

Palabras compuestas

  • Las palabras compuestas sin guion mantienen solo la tilde del segundo componente. Ejemplos: tragicómico, decimoséptimo.
  • Si el último componente es una palabra que, por reglas generales de acentuación, no lleva tilde, deberá escribirse con tilde si así lo exigen las condiciones de acentuación de la palabra compuesta. Ejemplos: puntapié, veintidós.
  • En las palabras compuestas con guión cada formante conserva la tilde que le corresponda. Ejemplos: teórico-práctico, histórico-social.
  • Si al formarse la palabra compuesta, se produce una secuencia vocálica con una vocal débil tónica, esta lleva acento aunque en su origen no lo tenga. Ejemplo: cortaúñas.
  • Los adverbios en –mente conservan la tilde del adjetivo del que derivan. Ejemplos: débilmente, rápidamente.
  • Las formas verbales con pronombres enclíticos llevan tilde o no de acuerdo con las normas generales de acentuación. Ejemplos: deme, comételo.

 

 

Bibliografía

García Negroni, María Marta (coord.), Mirta Stern y Laura Pérgola. El arte de escribir bien en español. Buenos Aires: Edicial, 2001.

Real Academia Española. Ortografía de la lengua española. Madrid: Espasa Calpe, 2010.

Real Academia Española. Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Santillana, 2005.

 



[1] El acento prosódico es la mayor fuerza espiratoria con que se pronuncia una sílaba dentro de una palabra. La sílaba sobre la que recae este acento prosódico recibe el nombre de sílaba tónica. El acento ortográfico o tilde es la representación gráfica del acento prosódico.
[2] Conjunto de dos vocales que se pronuncian en una misma sílaba.
[3] Conjunto de tres vocales que se pronuncian en una misma sílaba.
[4] El sustantivo no manifiesta morfológicamente persona. Sí, en cambio, los pronombres personales.

martes, 21 de octubre de 2014

La muñeca menor de Rosario Ferré


LA MUÑECA MENOR
 
Por Rosario Ferré

La tía vieja había sacado desde muy temprano el sillón al balcón que daba al cañaveral como hacía siempre que se despertaba con ganas de hacer una muñeca. De joven se bañaba menudo en el río, pero un día en que la lluvia había recrecido la corriente en cola de dragón había sentido en el tuétano de los huesos una mullida sensación de nieve. La cabeza metida en el reverbero negro de las rocas, había creído escuchar, revolcados con el sonido del agua, los estallidos del salitre sobre la playa y pensó que sus cabellos habían llegado por fin a desembocar en el mar. En ese preciso momento sintió una mordida terrible en la pantorrilla. La sacaron del agua gritando y se la llevaron a la casa en parihuelas retorciéndose de dolor.

El médico que la examinó aseguró que no era nada, probablemente había sido mordida por una chágara viciosa. Sin embargo pasaron los días y la llaga no cerraba. Al cabo de un mes el médico había llegado a la conclusión de que la chágara se había introducido dentro de la carne blanda de la pantorrilla, donde había evidentemente comenzado a engordar. Indicó que le aplicaran un sinapismo para que el calor la obligara a salir. La tía estuvo una semana con la pierna rígida, cubierta de mostaza desde el tobillo hasta el muslo, pero al finalizar el tratamiento se descubrió que la llaga se había abultado aún más, recubriéndose de una substancia pétrea y limosa que era imposible tratar de remover sin que peligrara toda la pierna. Entonces se resignó a vivir para siempre con la chágara enroscada dentro de la gruta de su pantorrilla.

Había sido muy hermosa, pero la chágara que escondía bajo los largos pliegues de gasa de sus faldas la había despojado de toda vanidad. Se había encerrado en la casa rehusando a todos sus pretendientes. Al principio se había dedicado a la crianza de las hijas de su hermana, arrastrando por toda la casa la pierna monstruosa con bastante agilidad. Por aquella época la familia vivía rodeada de un pasado que dejaba desintegrar a su alrededor con la misma impasible musicalidad con que la lámpara de cristal del comedor se desgranaba a pedazos sobre el mantel raído de la mesa. Las niñas adoraban a la tía. Ella las peinaba, las bañaba y les daba de comer. Cuando les leía cuentos se sentaban a su alrededor y levantaban con disimulo el volante almidonado de su falda para oler el perfume de guanábana madura que supuraba la pierna en estado de quietud.

Cuando las niñas fueron creciendo la tía se dedicó a hacerles muñecas para jugar. Al principio eran sólo muñecas comunes, con carne de guata de higüera y ojos de botones perdidos. Pero con el pasar del tiempo fue refinando su arte hasta ganarse el respeto y la reverencia de toda la familia. El nacimiento de una muñeca era siempre motivo de regocijo sagrado, lo cual explicaba el que jamás se les hubiese ocurrido vender una de ellas, ni siquiera cuando las niñas eran ya grandes y la familia comenzaba a pasar necesidad. La tía había ido agrandando el tamaño de las muñecas de manera que correspondieran a la estatura y a las medidas de cada una de las niñas. Como eran nueve y la tía hacía una muñeca de cada niña por año, hubo que separar una pieza de la casa para que la habitasen exclusivamente las muñecas. Cuando la mayor cumplió diez y ocho años había ciento veintiséis muñecas de todas las edades en la habitación. Al abrir la puerta, daba la sensación de entrar en un palomar, o en el cuarto de muñecas del palacio de las tzarinas, o en un almacén donde alguien había puesto a madurar una larga hilera de hojas de tabaco. Sin embargo, la tía no entraba en la habitación por ninguno de estos placeres, sino que echaba el pestillo a la puerta e iba levantando amorosamente cada una de las muñecas canturreándoles mientras las mecía: Así eras cuando tenías un año, así cuando tenías dos, así cuando tenías tres, reviviendo la vida de cada una de ellas por la dimensión del hueco que le dejaban entre los brazos.

El día que la mayor de las niñas cumplió diez años, la tía se sentó en el sillón frente al cañaveral y no se volvió a levantar jamás. Se balconeaba días enteros observando los cambios de agua de las cañas y sólo salía de su sopor cuando la venía a visitar el doctor o cuando se despertaba con ganas de hacer una muñeca. Comenzaba entonces a clamar para que todos los habitantes de la casa viniesen a ayudarla. Podía verse ese día a los peones de la hacienda haciendo constantes relevos al pueblo como alegres mensajeros incas, a comprar cera, a comprar barro de porcelana, encajes, agujas, carretes de hilos de todos los colores. Mientras se llevaban a cabo estas diligencias, la tía llamaba a su habitación a la niña con la que había soñado esa noche y le tomaba las medidas. Luego le hacía una mascarilla de cera que cubría de yeso por ambos lados como una cara viva dentro de dos caras muertas; luego hacía salir un hilillo rubio interminable por un hoyito en la barbilla. La porcelana de las manos era siempre translúcida; tenía un ligero tinte marfileño que contrastaba con la blancura granulada de las caras de biscuit. Para hacer el cuerpo, la tía enviaba al jardín por veinte higüeras relucientes. Las cogía con una mano y con un movimiento experto de la cuchilla las iba rebanando una a una en cráneos relucientes de cuero verde. Luego las inclinaba en hilera contra la pared del balcón, para que el sol y el aire secaran los cerebros algodonosos de guano gris. Al cabo de algunos días raspaba el contenido con una cuchara y lo iba introduciendo con infinita paciencia por la boca de la muñeca.

Lo único que la tía transigía en utilizar en la creación de las muñecas sin que estuviese hecho por ella, eran las bolas de los ojos. Se los enviaban por correo desde Europa en todos los colores, pero la tía los consideraba inservibles hasta no haberlos dejado sumergidos durante un número de días en el fondo de la quebrada para que aprendiesen a reconocer el más leve movimiento de las antenas de las chágaras. Sólo entonces los lavaba con agua de amoniaco y los guardaba, relucientes como gemas, colocados sobre camas de algodón, en el fondo de una lata de galletas holandesas. El vestido de las muñecas no variaba nunca, a pesar de que las niñas iban creciendo. Vestía siempre a las más pequeñas de tira bordada y a las mayores de broderí, colocando en la cabeza de cada una el mismo lazo abullonado y trémulo de pecho de paloma.

Las niñas empezaron a casarse y a abandonar la casa. El día de la boda la tía les regalaba a cada una la última muñeca dándoles un beso en la frente y diciéndoles con una sonrisa: “Aquí tienes tu Pascua de Resurrección.” A los novios los tranquilizaba asegurándoles que la muñeca era sólo una decoración sentimental que solía colocarse sentada, en las casas de antes, sobre la cola del piano. Desde lo alto del balcón la tía observaba a las niñas bajar por última vez las escaleras de la casa sosteniendo en una mano la modesta maleta a cuadros de cartón y pasando el otro brazo alrededor de la cintura de aquella exuberante muñeca hecha a su imagen y semejanza, calzada con zapatillas de ante, faldas de bordados nevados y pantaletas de valenciennes. Las manos y la cara de estas muñecas, sin embargo, se notaban menos transparentes, tenían la consistencia de la leche cortada. Esta diferencia encubría otra más sutil: la muñeca de boda no estaba jamás rellena de guata, sino de miel.

Ya se habían casado todas las niñas y en la casa quedaba sólo la más joven cuando el doctor hizo a la tía la visita mensual acompañado de su hijo que acababa de regresar de sus estudios de medicina en el norte. El joven levantó el volante de la falda almidonada y se quedó mirando aquella inmensa vejiga abotagada que manaba una esperma perfumada por la punta de sus escamas verdes. Sacó su estetoscopio y la auscultó, cuidadosamente. La tía pensó que auscultaba la respiración de la chágara para verificar si todavía estaba viva, y cogiéndole la mano con cariño se la puso sobre un lugar determinado para que palpara el movimiento constante de las antenas. El joven dejó caer la falda y miró fijamente al padre. Usted hubiese podido haber curado esto en sus comienzos, le dijo. Es cierto, contestó el padre, pero yo sólo quería que vinieras a ver la chágara que te había pagado los estudios durante veinte años.

En adelante fue el joven médico quien visitó mensualmente a la tía vieja. Era evidente su interés por la menor y la tía pudo comenzar su última muñeca con amplia anticipación. Se presentaba siempre con el cuello almidonado, los zapatos brillantes y el ostentoso alfiler de corbata oriental del que no tiene donde caerse muerto. Luego de examinar a la tía se sentaba en la sala recostando su silueta de papel dentro de un marco ovalado, a la vez que le entregaba a la menor el mismo ramo de siemprevivas moradas. Ella le ofrecía galletitas de jengibre y cogía el ramo quisquillosamente con la punta de los dedos como quien coge el estómago de un erizo vuelto al revés. Decidió casarse con él porque le intrigaba su perfil dormido, y porque ya tenía ganas de saber cómo era por dentro la carne de delfín.

El día de la boda la menor se sorprendió al coger la muñeca por la cintura y encontrarla tibia, pero lo olvidó en seguida, asombrada ante su excelencia artística. Las manos y la cara estaban confeccionadas con delicadísima porcelana de Mikado. Reconoció en la sonrisa entreabierta y un poco triste la colección completa de sus dientes de leche. Había, además, otro detalle particular: la tía había incrustado en el fondo de las pupilas de los ojos sus dormilonas de brillantes.

El joven médico se la llevó a vivir al pueblo, a una casa encuadrada dentro de un bloque de cemento. La obligaba todos los días a sentarse en el balcón, para que los que pasaban por la calle supiesen que él se había casado en sociedad. Inmóvil dentro de su cubo de calor, la menor comenzó a sospechar que su marido no sólo tenía el perfil de silueta de papel sino también el alma. Confirmó sus sospechas al poco tiempo. Un día él le sacó los ojos a la muñeca con la punta del bisturí y los empeñó por un lujoso reloj de cebolla con una larga leontina. Desde entonces la muñeca siguió sentada sobre la cola del piano, pero con los ojos bajos.

A los pocos meses el joven médico notó la ausencia de la muñeca y le preguntó a la menor qué había hecho con ella. Una cofradía de señoras piadosas le había ofrecido una buena suma por la cara y las manos de porcelana para hacerle un retablo a la Verónica en la próxima procesión de Cuaresma. La menor le contestó que las hormigas habían descubierto por fin que la muñeca estaba rellena de miel y en una sola noche se la habían devorado .“Como las manos y la cara eran de porcelana de Mikado, dijo, seguramente las hormigas las creyeron hechas de azúcar, y en este preciso momento deben de estar quebrándose los dientes, royendo con furia dedos y párpados en alguna cueva subterránea.” Esa noche el médico cavó toda la tierra alrededor de la casa sin encontrar nada.

Pasaron los años y el médico se hizo millonario. Se había quedado con toda la clientela del pueblo, a quienes no les importaba pagar honorarios exorbitantes para poder ver de cerca a un miembro legítimo de la extinta aristocracia cañera. La menor seguía sentada en el balcón, inmóvil dentro de sus gasas y encajes, siempre con los ojos bajos. Cuando los pacientes de su marido, colgados de collares, plumachos y bastones, se acomodaban cerca de ella removiendo los rollos de sus carnes satisfechas con un alboroto de monedas, percibían a su alrededor un perfume particular que les hacía recordar involuntariamente la lenta supuración de una guanábana. Entonces les entraban a todos unas ganas irresistibles de restregarse las manos como si fueran patas.

Una sola cosa perturbaba la felicidad del médico. Notaba que mientras él se iba poniendo viejo, la menor guardaba la misma piel aporcelanada y dura que tenía cuando la iba a visitar a la casa del cañaveral. Una noche decidió entrar en su habitación para observarla durmiendo. Notó que su pecho no se movía. Colocó delicadamente el estetoscopio sobre su corazón y oyó un lejano rumor de agua. Entonces la muñeca levantó los párpados y por las cuencas vacías de los ojos comenzaron a salir las antenas furibundas de las chágaras.

 

El hombre de plata de Isabel Allende

"El hombre de plata"

El Juancho y su perra «Mariposa» hacían el camino de tres kilómetros a la escuela dos veces al día. Lloviera o nevara, hiciera frío o sol radiante, la pequeña figura de Juancho se recortaba en el camino con la «Mariposa» detrás. Juancho le había puesto ese nombre porque tenía unas grandes orejas voladoras que, miradas a contra luz, la hacían parecer una enorme y torpe mariposa morena. Y también por esa manía que tenía la perra de andar oliendo las flores como un insecto cualquiera.
La «Mariposa» acompañaba a su amo a la escuela, y se sentaba a esperar en la puerta hasta que sonara la campana. Cuando terminaba la clase y se abría la puerta, aparecía un tropel de niños desbandados como ganado despavorido, y la «Mariposa» se sacudía la modorra y comenzaba a buscar a su niño. Oliendo zapatos y piernas de escolares, daba al fin con su Juancho y entonces, moviendo la cola como un ventilador a retropropulsión, emprendía el camino de regreso.
Los días de invierno anochece muy temprano. Cuando hay nubes en la costa y el mar se pone negro, a las cinco de la tarde ya está casi oscuro. Ese era un día así: nublado, medio gris y medio frío, con la lluvia anunciándose y olas con espuma en la cresta.
—Mala se pone la cosa, Mariposa. Hay que apurarse o nos pesca el agua y se nos hace oscuro... A mí la noche por estas soledades me da miedo, Mariposa —decía Juancho, apurando el tranco con sus botas agujereadas y su poncho desteñido.
La perra estaba inquieta. Olía el aire y de repente se ponía a gemir despacito. Llevaba las orejas alertas y la cola tiesa.
—¿Qué te pasa? —le decía Juancho—. No te pongas a aullar, perra lesa, mira que vienen las ánimas a penar...
A la vuelta de la loma, cuando había que dejar la carretera y meterse por el sendero de tierra que llevaba cruzando los potreros hasta la casa, la Mariposa se puso insoportable, sentándose en el suelo a gemir como si le hubieran pisado la cola. Juancho era un niño campesino, y había aprendido desde niño a respetar los cambios de humor de los animales. Cuando vio la inquietud de su perra, se le pusieron los pelos de punta.
—¿Qué pasa, Mariposa? ¿Son bandidos o son aparecidos? Ay... ¡Tengo miedo, Mariposa!
El niño miraba a su alrededor asustado. No se veía a nadie. Potreros silenciosos en el gris espeso del atardecer invernal. El murmullo lejano del mar y esa soledad del campo chileno.
Temblando de miedo, pero apurado en vista que la noche se venía encima, Juancho echó a correr por el sendero, con el bolsón golpeándole las piernas y el poncho medio enredado. De mala gana, la Mariposa salió trotando detrás.
Y entonces, cuando iban llegando a la encina torcida, en la mitad del potrero grande, lo vieron.
Era un enorme plato metálico suspendido a dos metros del suelo, perfectamente inmóvil. No tenía puertas ni ventanas: solamente tres orificios brillantes que parecían focos, de donde salía un leve resplandor anaranjado. El campo estaba en silencio... no se oía el ruido de un motor ni se agitaba el viento alrededor de la extraña máquina.
El niño y la perra se detuvieron con los ojos desorbitados. Miraban el extraño artefacto circular detenido en el espacio, tan cerca y tan misterioso, sin comprender lo que veían.
El primer impulso, cuando se recuperaron, fue echar a correr a todo lo que daban. Pero la curiosidad de un niño y la lealtad de un perro son más fuertes que el miedo. Paso a paso, el niño y el perro se aproximaron, como hipnotizados, al platillo volador que descansaba junto a la copa de la encina.
Cuando estaban a quince metros del plato, uno de los rayos anaranjados cambió de color, tornándose de un azul muy intenso. Un silbido agudo cruzó el aire y quedó vibrando en las ramas de la encina. La Mariposa cayó al suelo como muerta, y el niño se tapó los oídos con las manos. Cuando el silbido se detuvo, Juancho quedó tambaleándose como borracho.
En la semi-oscuridad del anochecer, vio acercarse un objeto brillante. Sus ojos se abrieron como dos huevos fritos cuando vio lo que avanzaba: era un Hombre de Plata. Muy poco más grande que el niño, enteramente plateado, como si estuviera vestido en papel de aluminio, y una cabeza redonda sin boca, nariz ni orejas, pero con dos inmensos ojos que parecían anteojos de hombre-rana.
Juancho trató de huir, pero no pudo mover ni un músculo. Su cuerpo estaba paralizado, como si lo hubieran amarrado con hilos invisibles. Aterrorizado, cubierto de sudor frío y con un grito de pavor atascado en la garganta, Juancho vio acercarse al Hombre de Plata, que avanzaba muy lentamente, flotando a treinta centímetros del suelo.
Juancho no sintió la voz del Hombre de Plata, pero de alguna manera supo que él le estaba hablando. Era como si estuviera adivinando sus palabras, o como si las hubiera soñado y sólo las estuviera recordando.
—Amigo... Amigo... Soy amigo... no temas, no tengas miedo, soy tu amigo...
Poquito a poco el susto fue abandonando al niño. Vio acercarse al Hombre de Plata, lo vio agacharse y levantar con cuidado y sin esfuerzo a la inconsciente Mariposa, y llegar a su lado con la perra en vilo.
—Amigo... Soy tu amigo... No tengas miedo, no voy a hacerte daño... Soy tu amigo y quiero conocerte... Vengo de lejos, no soy de este planeta... Vengo del espacio... Quiero conocerte solamente...
Las palabras sin voz del Hombre de Plata se metieron sin ruido en la cabeza de Juancho y el niño perdió todo su temor. Haciendo un esfuerzo pudo mover las piernas. El extraño hombrecito plateado estiró una mano y tocó a Juancho en un brazo.
—Ven conmigo... Subamos a mi nave... Quiero conocerte... Soy tu amigo...
Y Juancho, por supuesto, aceptó la invitación. Dio un paso adelante, siempre con la mano del Hombre de Plata en su brazo, y su cuerpo quedó suspendido a unos centímetros del suelo. Estaba pisando el brillo azul que salía del platillo volador, y vio que sin ningún esfuerzo avanzaba con su nuevo amigo y la Mariposa por el rayo, hasta la nave.
Entró a la nave sin que se abrieran puertas. Sintió como si «pasara» a través de las paredes y se encontrara despertando de a poco en el interior de un túnel grande, silencioso, lleno de luz y tibieza.
Sus pies no tocaban el suelo, pero tampoco tenía la sensación de estar flotando.
—Soy de otro planeta... Vengo a conocer la Tierra... Descendí aquí porque parecía un lugar solitario... Pero estoy contento de haberte encontrado... Estoy contento de conocerte... Soy tu amigo...
Así sentía Juancho que le hablaba sin palabras el Hombre de Plata. La Mariposa seguía como muerta, flotando dulcemente en un colchón de luz.
—Soy Juancho Soto. Soy del Fundo La Ensenada. Mi papá es Juan Soto —dijo el niño en un murmullo, pero su voz se escuchó profunda y llena de eco, rebotando en el túnel brillante donde se encontraba.
El Hombre de Plata condujo al niño a través del túnel y pronto se encontró en una habitación circular, amplia y bien iluminada, casi sin muebles ni aparatos. Parecía vacía, aunque llena de misteriosos botones y minúsculas pantallas.
—Este es un platillo volador de verdad —dijo Juancho, mirando a su alrededor.
—Sí... Yo quiero conocerte para llevarme una imagen tuya a mi mundo... Pero no quiero asustarte... No quiero que los hombres nos conozcan, porque todavía no están preparados para recibirnos... —decía silenciosamente el Hombre de Plata.
—Yo quiero irme contigo a tu mundo, si quieres llevarme con la Mariposa —dijo Juancho, temblando un poco, pero lleno de curiosidad.
—No puedo llevarte conmigo... Tu cuerpo no resistiría el viaje... Pero quiero llevarme una imagen completa de ti... Déjame estudiarte y conocerte. No voy a hacerte daño. Duérmete tranquilo... No tengas miedo... Duérmete para que yo pueda conocerte...
Juancho sintió un sueño profundo y pesado subirle desde la planta de los pies y, sin esfuerzo alguno, cayó profundamente dormido.

El niño despertó cuando una gota de agua le mojaba la cara. Estaba oscuro y comenzaba a llover. La sombra de la encina se distinguía apenas en la noche, y tenía frío, a pesar del calor que le transmitía la Mariposa dormida debajo de su poncho. Vio que estaba descalzo.
—¡Mariposa! ¡Nos quedamos dormidos! Soñé con... ¡No! ¡No lo soñé! Es cierto, tiene que ser cierto que conocí al Hombre de Plata y estuve en el Platillo Volador —miró a su alrededor, buscando la sombra de la misteriosa nave, pero no vio más que nubes negras. La perra despertó también, se sacudió, miró a su alrededor espantada, y echó a correr en dirección a la luz lejana de la casa de los Soto. Juancho la siguió también, sin pararse a buscar sus viejas botas de agua, y chapoteando en el barro, corrió a potrero abierto hasta su casa.
—¡Cabro de moledera! ¡Adónde te habías metido! —gritó su madre cuando lo vio entrar, enarbolando la cuchara de palo de la cocina sobre la cabeza del niño. ¿Y tus zapatillas de goma? ¡A pata pelada y en la lluvia!
—Andaba en el potrero, cerca de la encina, cuando..., ¡Ay, no me pegue mamita!..., cuando vi al Hombre de Plata y el platillo flotando en el aire, sin alas...
—Ya mujer, déjalo. El cabro se durmió y estuvo soñando. Mañana buscará los zapatos. ¡A tomarse la sopa ahora y a la cama! Mañana hay que madrugar —dijo el padre.
Al día siguiente salieron Juancho y su padre a buscar leña.
—Mira hijo... ¿Quién habrá prendido fuego cerca de la encina? Está todo este pedazo quemado. ¡Qué raro! Yo no vi fuego ni sentí olor a humo... Hicieron una fogata redondita y pareja, como una rueda grande —dijo Juan Soto, examinando el suelo, extrañado.
El pasto se veía chamuscado y la tierra oscura, como si estuviera cubierta de ceniza. El lugar quemado estaba unos centímetros más bajo que el nivel del potrero, como si un peso enorme se hubiera posado sobre la tierra blanda.
Juancho y la Mariposa se acercaron cuidadosamente. El niño buscó en el suelo, escarbando la tierra con un palo.
—¿Qué buscas? —preguntó su padre.
—Mis botas, taita... Pero parece que se las llevó el Hombre de Plata.
El niño sonrió, la perra movió el rabo y Juan Soto se rascó la cabeza extrañado.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Lenguaje, lengua y habla: La abeja haragana (video)

Lenguaje, lengua y habla: La abeja haragana (video)

Lenguaje, lengua y habla: Cuento "LA ABEJA HARAGANA" (texto completo)

Lenguaje, lengua y habla: Cuento "LA ABEJA HARAGANA" (texto completo): LA ABEJA HARAGANA(Cuentos de la selva, 1918) de Horacio Quiroga(1879-1937)   Había una vez en una colmena una abeja que no quería...

El verbo: concepto y estructura (videos)

Lista de reproducción en YOUTUBE



Dos libros de cuentos de Horacio Quiroga

ALGO EXTRA. Para los estudiantes que desean leer más cuentos… Aquí dejo el enlace para que puedan bajar dos libros completos  en PDF:

Cuentos de la selva

http://www.colombiaaprende.edu.co/html/mediateca/1607/articles-65458_Archivo.pdf

Cuentos de amor, de locura y de muerte

http://www.folkloretradiciones.com.ar/literatura/Quiroga%20Horacio%20-%20Cuentos%20de%20amor%20de%20locura%20y%20de%20muerte.pdf




El principito

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Enlace: El cuento: estructura y elementos



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"A la deriva" de Horacio Quiroga (9-4)

 
 
El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y

al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro

ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente,

y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza

en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante

contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo

el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su

rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre

sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida

hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de

garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos

violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada

y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco

arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido

gusto alguno.

—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!

—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.

—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos

vasos, pero no sintió nada en la garganta.


—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso.

Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa

morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle.

La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par.

Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la

frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en

la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las

inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí

sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre

esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la

ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó

hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó

que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre

Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente

atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto,

quedó tendido de pecho.

—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del

suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para

llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros,

encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto,

asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre,

en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa.

El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo,

su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento

escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor.

La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.


El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas

para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que

antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en

la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera

también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había

coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre

el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja

de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma

ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y

pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald.

¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio?

Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto

Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

—Un jueves...

Y cesó de respirar.

sábado, 8 de marzo de 2014

El teatro (referencia #3)



 
ORIGEN DEL TEATRO
El teatro nace en las sociedades primitivas, para satisfacer la necesidad de hombres y mujeres de hacer rituales mágico-religiosos, y garantizar así el favor de los dioses en la caza y la recolección de los alimentos.
Desde su origen, fue un arte ligado a los dilemas y valores humanos. Refleja la tendencia lúdica (de juego) del hombre, que lo lleva transformarse temporalmente en otra persona, y adoptar su apariencia y lenguaje para descubrir en sí mismo las respuestas de su condición humana.
La palabra teatro proviene del griego theatron, que significa "lugar para contemplar".
El teatro, tal y como lo conocemos en la actualidad, surge en la antigua Grecia. En esta región del mar Mediterráneo se realizan las primeras representaciones (ritos y ceremonias) en honor a Dionisio, dios del vino.
  
LOS GÉNEROS TEATRALES
El teatro es una composición literaria que puede ser representada. Los diálogos y las acciones de los personajes ubican al espectador en el ambiente, en su psicología y en el tiempo en que transcurren los acontecimientos.
El arte dramático se clasifica en géneros y subgéneros, lo cual depende de los temas que aborde. Los géneros más antiguos son la tragedia y la comedia, surgidos en la Grecia clásica.
La tragedia
Obra dramática cuyo tema central es la crisis que viven un personaje. Sus características son:
Expresa sentimientos y pasiones intensas.
El desenlace o final suele ser funesto.
El argumento intenta transmitir una lección.
 
La comedia
Obra cuyo tema central es cualquier hecho humano de la vida cotidiana. Sus características son:
La historia, por lo general, es intrascendente y no tiene desenlace funesto.
Su atractivo principal es el movimiento y la viveza de las situaciones.
Hace una crítica de los defectos y/o de las costumbres sociales.
Los subgéneros
La necesidad de representar situaciones humanas que tienen una mezcla de elementos trágicos y cómicos, ha permitido el nacimiento de los "subgéneros" teatrales; éstos nacen de los dos grandes géneros antes mencionados. Entre los subgéneros figura el drama, la tragicomedia, el melodrama, la farsa, la pantomima, la comedia musical, el teatro guiñol, las marionetas, la comedia musical, etcétera.
 
 EL TEATRO MODERNO
Con el paso del tiempo y el cambio social, el teatro ha experimentado también diversas evoluciones, tanto en los aspectos técnicos como en la temática de las obras. El teatro europeo, por ejemplo, tiene una temática variada en la que sus autores analizan, por lo general, la psicología de sus personajes, el subconsciente, la influencia de los sueños.
El teatro moderno se caracteriza por abordar las caras más crudas de la vida humana, se protesta por las injusticias, por la guerra. Por supuesto que no pueden hacerse generalizaciones, pues en el caso de España, ahí siguen presentándose obras costumbristas cuya sátira y crítica va dirigida en contra de la aristocracia contemporánea.  Hispanoamérica, en cambio, sigue las tendencias del teatro europeo, sólo que los temas se enriquecen con mitos prehispánicos, leyendas de la tradición oral, con la crítica al racismo, los sistemas sociales y políticos y con la presentación de personajes, víctimas de la soledad e incomunicación propias del hombre moderno.
 
ELEMENTOS DE UN GUIÓN DE TEATRO
El diálogo es el elemento principal de un guión de teatro. El desarrollo de los guiones de teatro consiste en la conversación entre dos o más personajes, por medio de los diálogos.
Una obra de teatro se compone de los siguientes elementos:
Acto
El acto es cada una de las partes separadas de la obra teatral: Acto 1, Acto 2, etcétera.
Cuadro
Parte del acto en que aparece la misma decoración.
Escena
Parte del acto en el que intervienen los mismos personajes.
Acotaciones
Indicaciones que señalan las entradas y salidas de los personajes, sus actitudes, ademanes y expresiones en general, además de los cambios de decorado, el lugar donde se realizan las acciones y todas las indicaciones que sirven para la ambientación y puesta en escena de la obra.
Personajes
Personas o seres que le dan vida a los acontecimientos de la obra. Se clasifican en:
Principales. Son los más importantes dentro de la obra; si se quitaran, ésta ya no tendría sentido.
Secundarios. Siguen, en importancia dentro de la obra, a los principales. Acompañan y secundan a éstos.
Ambientales. Aparecen según las necesidades y circunstancias de la obra, también se les llama circunstanciales o incidentales.
 
ESTRUCTURA DE UNA OBRA TEATRAL
La estructura de una obra de teatro se divide en tres momentos básicos:
Planteamiento
Expone un problema y se presentan los personajes. Entera al público de los antecedentes de la acción.
Nudo
En esta parte se desarrolla la acción, se complica la trama, aparece el clímax, que es el momento de mayor emoción en la obra.
Desenlace
La acción concluye al resolverse el problema; la resolución puede ser lamentable o feliz. La manera en que se desenvuelve la acción puede ser natural y lógica, según las actuaciones de los personajes; rápida e inesperada, para dejar una mayor impresión en el espectador, o decisiva y completa, abarcando todo sin dejar cabos sueltos.
 
Fuente: